jueves, 26 de julio de 2012

Ejemplo del trabajo forzado en Argentina


 El trabajo forzado también es una triste realidad en Argentina y en otros países latinoamericanos. El testimonio de Pedro y Basilia da cuenta de una de las tantas historias de personas que aceptan venir a la Argentina a trabajar en un taller textil en búsqueda de mejores oportunidades. Pongan en común historias semejantes que conozcan a través de los medios, o de familiares, vecinos o amigos. Indaguen sobre organismos del Estado, legislación y ONGs que se ocupan de prevenir y cambiar estas situaciones.

El caso de Pedro y Basilia
Basilia y su esposo Pedro tenían un pequeño comercio en Bolivia, cerca de Tarija, que estaba rindiendo poco dinero. Por eso, cuando a través de una amistad les llegó un ofrecimiento para trasladarse a Buenos Aires y trabajar en un taller textil, aceptaron la oferta y se prepararon para emprender el viaje con su pequeña hija de 18 meses. Les pagarían por prenda y les brindarían casa y comida. El señor que los contrataba les adelantó dinero para que fueran hasta Yacuiba, donde deberían contactarse con un taxista. El taxista los llevó hasta cerca de un monte, donde los estaba esperando un guía que los llevó a través del monte hasta que llegaron a un pueblo cuyo nombre no recuerda pero que le dijeron que ya era Argentina. Al día siguiente, el guía los trasladó hasta Salta y les sacó los pasajes hasta Buenos Aires. Cuando llegaron a la terminal de ómnibus de la Capital, los esperaba la hermana de quien los había contratado. Ella los llevó directamente al taller donde trabajarían. Les dieron una cena frugal y les indicaron que comenzaran a trabajar hasta la una de la madrugada.

En el taller, que era un gran galpón, había dieciocho trabajadores adultos y trece niños. En una de las esquinas y, apenas protegido por una mampara, les colocaron un catre para ellos y su hija. Luego supo que algunos de los niños en edad escolar no asistían a la escuela ya que el patrón se oponía. La jornada laboral comenzaba a las 8 de la mañana y se extendía hasta la 1 de la madrugada siguiente. En general salían poco del taller, ya que si bien la puerta no siempre estaba cerrada con llave (y siempre debían avisar que iban a salir), el patrón no cesaba de recordarles su estado de inmigrantes irregulares y el seguro destino de cárcel o deportación que les esperaría si la policía los encontraba. Esto era corroborado por las dos veces que la policía, cuya seccional estaba en la misma cuadra, entró al taller a solicitar los documentos a los trabajadores. En ambas oportunidades, el patrón los hizo esconderse en un sector donde se arrumbaban máquinas en desuso.

Habían convenido que les pagaría $ 1,50 por prenda. El primer mes Basilia cobró doscientos cincuenta pesos y su esposo otro tanto. El segundo mes, el patrón comenzó a no pagarles: les daba sólo veinticinco pesos a cada uno por semana, a cuenta, y diciéndoles que retenía el dinero por el precio del pasaje y del alojamiento. Además del trabajo de costura, debían realizar la limpieza de todo el local los fines de semana con los elementos de limpieza que adquirían con el dinero a cuenta. Cuando Pedro reclamó el pago del dinero que les adeudaba, el patrón y su esposa lo golpearon y azuzaron al perro para que lo atacara. Allí fue cuando decidieron fugarse y buscar ayuda en la asamblea barrial para contactar el programa de asistencia a la víctima de la OIM.

Espero que ni uno de los alumnos del paravachasca termine asi...
saludos Profe Dany

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